Había llegado el momento. Ya las notas del piano empezaban a sonar, una a una, poco a poco, señalándome que debía de tener sumo cuidado.
-Os acompañaré -me decía el que tenía a mi lado-, -eres valiente al pronunciar esas palabras. Valiente... pero tonto - le repliqué-, -¿alguien más se nos une?, hable ahora o calle para siempre, no hay tiempo para charlas.
Todos se quedaron callados, solo tres de ellos dieron un paso adelante y dijeron como en coro "a su servicio". -Muy bien, ¡pues en marcha! -fueron mis últimas palabras antes de partir.
Tomamos las armas y abrimos la puerta. Los demás se quedaron atrás, como cobardes que eran; porque al instante que salimos de la habitación, todos murieron mientras las suaves notas de aquel piano sonaban.
Los cuatro que iban conmigo, tal vez, no durarían mucho. A mí solo me importaba terminar con más de un aliento en esta bella noche alumbrada por la luna.
-¡Alto! -dije en un pequeño susurro para que nadie nos escuchase. Sabía que ellos estaban aquí y los que me acompañaban ni cuenta de eso se daban; el miedo los consumía, porque la muerte asechaba.
De repente, vimos salir de las sombras a uno de ellos. Este, con su respiración tan fuerte, me miró fijamente, ignorando a los otros cuatro, levantó su brazo y con una de sus garras me señaló. Era más que obvio que esa era alguna clase de señal para decirle al centenar que lo acompañaban, y que nos rodeaban, que yo era, posiblemente, el único reto aquí para ellos.
-¡Desenvainad sus armas!, ¡si esta noche morimos, bañemos la luna con sangre de valientes! -grité yo para expresar el poco temor que le tenía a estas criaturas. Sé que ellas me entendieron, sé que nos superan en número, en fuerza, pero no llegué hasta aquí para morir sin al menos llevarme a uno conmigo.
La criatura que me señaló empezó a emitir un aullido tan perturbador, tan atemorizante. Era el sonido de la muerte anunciando que había llegado para llevarnos.
Empezaron a salir por todos lados, peleamos y peleamos, danzamos con nuestras espadas entre la sangre de estas horripilantes criaturas.
Eran demasiadas... cayó el primero de nosotros... ci como se devoraban al segundo... al instante el tercero no duró más que unos segundos. Solo quedábamos el primero que se ofreció a no morir como una liebre asustada y yo.
Nos pusimos de espaldas y seguimos aniquilando a estas criaturas mientras el piano solo sonaba y sonaba.
Cuando me di cuenta, este último guerrero cayó sobre mi espalda. Ahora solo éramos yo, el montón de criaturas que me rodeaban, la sangre que cubría por completo mi espada y la muerte.
Las criaturas detuvieron su ataque; me faltaba el aire de lo agotado que estaba. De repente, se empezó a acercar a mí la criatura que con su dedo me había condenado.
Se paró frente a mí intentando aterrorizarme, pero no lo lograba. ¿Cómo vas a temerle a alguien si la muerte es tu único acompañante?. Estaba cansado de esto, -haz cometido un error criatura asquerosa, -te paraste frente a mí y parece que no me habías escuchado decir que si la luna se bañaba con mi sangre... Pues con la tuya también lo haría -le expresé con valentía.
En ese momento las notas del piano sonaron una vez más hasta que... ya no podía oírlas más.
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