viernes, 19 de agosto de 2011

Recuerdos que no hacen daño


¿Qué día es?, creo que 12 de diciembre de 1944. Vísperas de navidad y yo metido en esta trinchera, esperando que mi mejor regalo no sea la muerte.
La calma a reinado en este día, realmente eso es más malo de lo que parece, no hay señales de los alemanes y no sabremos si en esta fría noche nos darán una sorpresa. ¿Qué difícil no?, esperar aquí sentado, muriéndote del frío, con solo unos cigarrillos y una insípida sopa que son las únicas cosas que te pueden calentar; todo esto mientras no te queda e otra que solo esperar, esperar, esperar… esperar a que me caiga una bomba encima y me vuele en pedazos.
Solo en esta trinchera porque mi compañero está tan asustado que ya se ha parado como cinco veces para ir a orinar. Solo en esta trinchera me vienen muchos recuerdos a la mente, recuerdos que no hacen daño, pero que aumentan tu nostalgia y tus ganas de no querer morir en esta condenada guerra.
El silencio y el frío asechan como el peor asesino que solo quiere acabar contigo. Entre tanto nada, me quedo mirando las estrellas y recuerdo esos momentos con mi chica, ambos tomados de la mano, pensando que no podía existir un momento más perfecto y de repente veíamos una luz roja en el cielo, un fuego artificial eso era y en ese momento solo sonreíamos…
¡Cúbranse! Ese fue el grito que me hizo retornar a mi realidad, la luz en el cielo, una bengala alemana, que nos avisaba irónicamente “oigan los vamos a matar, prepárense” y en un segundo de silencio, escuchabas a lo lejos los cañones accionándose y yo solo pensando “mierda, aquí vamos”. Un pitido infernal era lo único que escuchabas por un momento y de repente “¡BOOOOOOOM!”, empezaban a caer miles de proyectiles del cielo.
No me quedaba de otra que cubrirme en mi trinchera y pensar en otra cosa que no fuese que una de esas grandes balas podría volarme más que todos los sesos. ¿Dónde estaba mi compañero?, capaz ya había muerto, me asomo y veo que alguien viene corriendo, era él y yo gritándole “¡muévete coño!”… y llegó más rápido de lo esperado, ya que una bomba le estalló encima y solo su casco fue lo que pudo alcanzar nuestra trinchera.
Sintiendo una vez más la soledad, en este apocalipsis que parecía nunca terminar. Yo preocupándome por algo tan tonto como estar solo, en vez de poner mi cabeza en que debo cuidarme de que un alemán no me aparezca, en eso empecé a escuchar el fuego cruzado entre los alemanes y mis aliados.
Levanté la cabeza y dije “es hora de dejarme de tantas boberías”, alcé mi Thompson y jalé el gatillo, sin parar empecé a abatir a todo maldito nazi que pasaba por mi mirar, uno, dos, tres, cuatro, perdía la cuenta, eran demasiados.
Todo pasaba en cámara lenta, mi ametralladora soltando ráfagas y matando a esos bastardos sin piedad, cada bala que accionaba caía lentamente en el suelo, los segundos para poder recargar mi arma, eran esos en los que solo por mis pensamientos pasaba “me van a matar, me van a matar”. Entre tanto tiroteo y bombardeo, ya simplemente no sentía nada, solo yo y mi arma matando alemanes como si estuviese en un parque jugando un partido de fútbol, la diferencia es que estos eran mis verdaderos enemigos y ellos solo pensaban en matarme.
En un instante, un proyectil cayó muy cerca de mí, perdí los tiempos y todo mi mundo se quedó en negro, abrí los ojos y mi arma estaba echa añicos y yo diciéndome a mí mismo “¿y ahora qué”?. Luego vi un brillo en el cielo, un arma alemana, una pequeña pistola, una LUGER era mi única salvación.
La tomé y solo me senté a esperar a que todo pasase, debía ahorrar las balas, porque tal vez serían las únicas que en un instante me salvaran. Un alemán se aproximó a mí y le descargué inconscientemente el cartucho completo, lo dejé ahí abatido en el suelo, como el pedazo de bazofia que es, le escupí dándomelas de malo y un estallido una vez más se accionó a mi lado.
Esta vez, cuando recuperé la conciencia ya había amanecido, me di cuenta que la Luger estaba frente a mí y solo pensé “sí, estoy vivo”. En ese momento me imaginé en una playa y que mi novia a lo lejos me llamaba, recuerdos que no hacen daño, pero que aunque falsos, son los únicos que te suben el ánimo.

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